martes, 13 de marzo de 2012

Relato inspirado en su mayoría en la antológica y cinematográfica obra de Tolkien y de Aliens: ¡¡¡Fuera de la Comarca, en las cuevas de Lanz!!! cuevas de Lanz!!!


                           ¡Cuidado con hacer el troglodita en Lanz!
                             ¡¡¡Fuera de la Comarca, en las...
                                                                                  ....cuevas de Lanz!!!


—¡¡¡Viceeente ya valeeeeeeé...!!!, ¡¡¡¡¡Volvamos!!!!!, dijo a voz en grito Agus, como si de Vásquez en Aliens se tratara, cuando alcanzaba el alto de la de la rampa cubierta de hojarasca en la que nos habíamos encaramado y en la que habíamos tenido un episodio que casi acaba en tragedia. Mi amigo decía eso muy nervioso puesto que yo restándole importancia aprovechaba para hacer todas las fotos que me fuera posible de aquel lugar, de apriscos con forma de gruta siniestra, donde Agustín se las había visto con la fatalidad como ahora enseguida narraré:
Angus, que es como lo llamo, intentaba salir pero había llegado a un punto casi sin regreso, como a la cornisa en la que se divisa el más allá poniendo insensatamente en peligro su vida como para decir como Esloz: “eeeh chiiicooos... que sigo viiivoooo”, o algo por el estilo. Yo intenté ayudarle a regresar levantándome y acercándome lo máximo posible a él sin arriesgar mi propia vida (Tampoco se preocupen nuestros seres querido que el narrador solo hizo intentonas comprobando la cornisa y todos los intentos eran fallidos puesto que como en una de nuestras clases de bachiller de física se tratara de ensayo, prueba y error.

Agustín enfurecido decía tal cual: ¡Cóóómo, que no puedo salir! Fue entonces cuando reaccioné y pensé en una milésima de segundo que si le ayudaba y me resbalaba iba a dar con mis huesos al fondo de la cueva. Me armé de valor por la profunda amistad que me unía a este tipo y cuando Agus hacía sus intentonas de esquivar la desgracia, me acerqué y traté en la pendiente de salvarle el pellejo, arrodillándome primero y haciendo el puente con las piernas manteniendo flexionada una de ellas para tratar de servirle de asidero e incluso le tendí la mano en un intento desesperado ya que carecíamos de cordel, pero notaba que me escurría yo también por lo que Carmen me dijo desde lo alto de la cueva que mejor me estuviera quieto porque sino obedecía al tener ella mejor visión panorámica del complejo tendría el mismo final; me quedé quieto cual estatua de sal y esperé acontecimientos:
En ese preciso instante eso fue lo que le dio alas a Agustín que acto seguido no sé como se las ingenió que consiguió escalando con toda su maña y energía salir arrastras de espaldas y asirse con los talones a algún punto seguro de apoyo y posicionarse cerca de nosotros ya en un sitio seguro de todo riesgo.
En ese sitio enterrados entre el follaje hablando con mis compañeros de expedición les advertí que teníamos que llegar al vado del riachuelo mientras aún teníamos luz para no sufrir percances. Almorzamos allí mismo y mientras devorábamos ávidamente nuestros víveres comenzamos el retorno hacia casa después de aquella superaventura como bien dijo Carmen aunque esta aún no había acabado ya que al estar todos los miembros de la expedición sanos y salvos en la encimada de la cornisa empezamos a descender la empinada pendiente pero hubo una división de pareceres entre los dos guías: Agus y Chente, también Tahúr, pero esa es ya otra historia; Agustín quería acabar rápido aquella descabellada idea de subir hasta allá bajando por un camino
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Viaje hacia Tortosa. Capítulo I, Cuevas de Lanz. 29 de enero de 2012
tortuoso y empinado que yo sabía a ciencia cierta, porque ya había estado allí en mi infancia, que acababa mal.
Me opuse y cuando estaba empezando a caer agua nieve con ventisca porque salían al encuentro dos vías de regreso dije al Jeje, Angus: “Aquel camino acaba en un precipicio”! A lo que yo tomé la decisión de desoírle y de tomar la iniciativa ya que Agustín estaba un poco desorientado por los acontecimientos relatados y decidí volver por el mismo camino por el que habíamos llegado, poniendo pies en polvorosa.
Aventureros imitando a los hobbits de Tolkien
Comienzo de la aventura
El último domingo de enero de 2012, salimos en el Audi A4 deportivo de mis amigos y nos dirigimos fuera de la Comarca, de Pamplona, claro, fantasías las justas. Agustín, puso la tracción a las cuatro ruedas en su bólido en un día tempestuoso y nos encaminamos allí oyendo música de “Agus Martins” y no precisamente del protagonista de la historia. En el trayecto se nos colocó un camión en la parte delantera y nos tiró un proyectil que impactó en la luna o en algún otro lugar del majestuoso auto de mi amigo y su novia. ¡Mierda!, farfulló el conductor, a lo que continuó diciendo:
“esto le ha hecho un abollón en la capota”, afirmó preocupado el conductor. “Luego tendré que mirarlo” concluyó mi amigo, pero eso no nos detuvo en nuestra empresa lo sorteamos y llegamos al territorio hostil. Tomamos algo en una tasca pero por dentro muy....digamos vascongada, tuve hasta un encontronazo con un hombre que parecía que me iba a retar a duelo por razones inexplicables.
Salimos de sus dominios y empezamos la caminata que nos llevaría al vado de un riachuelo donde extraje tres piedras para mi acuario de cristal. Agustín me preguntó en el trayecto si hacía buena pareja con su novia a lo que yo respondí en definitiva que sí como si de una novela idílica se tratara. Continuamos caminando y después de pasar por varios puentes hasta llegar, subiendo poco a poco, a un cobertizo con vacas y follaje para pastar, allí, descansamos e hicimos fotos.
Gruta de la caverna del oso
Después continuamos subiendo y bajando hasta llegar a un sitio boscoso con musgo en los laterales de un camino en una pendiente de belleza fantástica. Hasta que por fin llegamos a la cueva del oso, cueva que inspeccionamos y vimos lo mal que la habían tratado las personas que por allí habían transitado. Habían arrancado todo lo atractivo de la cueva todo se lo habían llevado, las estalactitas, hasta casi las piedras y solo quedaba de ella un sitio inhóspito marrón oscuro, ya que el suelo y las bóvedas de la gruta eran de una tonalidad que dejaba mucho que desear. Además, el oso había dejado aquella oquedad, no quedaba ni rastro de él. Portábamos linternas debido a la escasa visibilidad de la misma ya que la luz apenas llegaba al fondo de la caverna. Fue entonces cuando salimos y Agustín tuvo la brillante idea de cumplir con la misión de la travesía lo relatado anteriormente.

Reflexiones sobre la aventura
Habíamos subido la colina que daba a una imponente cueva cruzando y vadeando previamente el riachuelo cercano al pirineo navarro que pasaba cerca del pueblo de Lanz. Pero, la breve aventura empieza en Pamplona cuando tres amigos deciden casi de improviso irse al campo para respirar aire puro y ver cuevas.
Pero lo que nos iba a deparar la jornada dominical de aquel 28 de enero de 2012 fue una aventura en plan película de los Gounnis y también la del Señor de los Anillos, con el trol de las cavernas, que es como me bautizó en aquella breve aunque intensa aventura y con la pareja de hobbits, Agustín y Carmen. Parecía Moria y hasta estaba como más tarde se relatará la cueva de Camille o de Zampanzar cosa que todavía no me quedado muy claro.

(Nos fuimos y llegamos con tracción a las cuatro ruedas...os suena...no forma parte de ninguna saga de una película, pero hay frases memorables del cine Norteamericano de la época dorada moderna que merecen ser rememorados por los sueños y situaciones reales que toda persona vive al menos alguna vez.)
Espero de corazón que os haya gustado!
Vicente Zafra Molina.

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